benzodiazepinas

Benzodiazepinas

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¿Es la falta de

Amor Propio

lo que mueve el mundo?

S

orprendido por los comentarios de algunos pacientes y amigos, empecé a informarme sobre el consumo de benzodiacepinas, que son ansiolíticos: pastillas que se recetan para mitigar la ansiedad (la depresión es una patología que se relaciona con el pasado. Asimismo, la ansiedad suele expresar la inquietud sobre lo que sucederá en el futuro. A veces se combinan y el miedo se hace abrumador para la persona). En unos minutos me encontré con cuatro datos que me dejaron asombrado:

Con estos datos me pregunté si era tan fácil conseguir una receta para este tipo de medicamentos. Así que fui a la consulta de una médico de cabecera y exageré unos problemas de sueño. No solo me las prescribió al momento, sino que, cuando le pregunté, me aseguró que estas pastillas no eran tan adictivas. Lo mismo me aseguró la farmacéutica de mi pueblo, que también quitó importancia a los problemas de dependencia que provocan estos medicamentos.

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L

a caja de 50 píldoras de 1 miligramo me costó 1’72 euros. Así que cada una sale por algo más que 3 céntimos de euro. Si consumes dos al día, el tratamiento supone 6 céntimos diarios: menos de dos euros al mes. ¿Qué es eso comparado con un proceso psicoterapéutico que cuesta entre 200 y 300 euros mensuales? Así que aquí están algunos de los problemas: la falta de cobertura sanitaria pública para los problemas de salud mental y la situación económica de muchas personas.

Naturalmente, como todas las sustancias adictivas, a veces son conocidas por sus usuarios con un diminutivo o un término “cariñoso” -benzos- que busca quitar importancia a los efectos nocivos. Ahí están los “pelotis” de licores fuertes o los “pitis” de tabaco. Pero es muy duro desengancharse de las benzodiacepinas. Se empiezan tomando por un problema mental como es la ansiedad, pero el proceso puede desembocar en uno mayor como es la adicción.

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Así pues, hay millones de personas que literalmente no pueden con su vida y que buscan fuera algo que les calme. Y -aunque algunos las necesitan realmente en algún momento de su vida- hay médicos que están recetando alegremente estos fármacos. Entonces, me pregunté por qué tanta gente las demanda, por qué especialmente en España, por qué los médicos no son más cuidadosos al recetar ansiolíticos.

Entonces, me pregunté por qué tanta gente las demanda, por qué especialmente en España, por qué los médicos no son más cuidadosos al recetar ansiolíticos. Entonces, me pregunté por qué tanta gente las demanda, por qué especialmente en España, por qué los médicos no son más cuidadosos al recetar ansiolíticos.

P

ara mí hay una cosa muy clara a estas alturas: nuestra sociedad no promueve el autocuidado: los supermercados están llenos de alimentos que no hacen bien y que enferman, no nos han enseñado a compartir lo que preocupa, no sabemos respirar, nos hablamos fatal, hablamos mal de los demás, siempre con prisa, no sabemos poner límites sanos, tenemos poca tolerancia a la frustración, nadie nos enseñó a aceptar los acontecimientos como son, sobre todo cuando vienen mal dados. Pero a pesar de lo que nos rodea, creo que llevar una buena vida, o al menos la mejor que podamos, es también nuestra responsabilidad.

No hay que ser un visionario para adivinar lo que va a traer el incremento del uso de teléfonos móviles: más inmediatez, más frustración y por ende menos capacidad de sostén cuando lo que suceda no se parezca a lo que deseábamos. Así que el futuro será perfecto para el uso de las “píldoras mágicas”. Aldous Huxley ya describió el soma de “Un mundo feliz” como una droga “eufórica, narcótica, agradablemente alucinante” que no producía ninguna secuela en quien la tomaba. Este libro es de 1932.

¿Qué coño hacemos entonces? A veces se lo pregunto a los pacientes ¿Dónde se compra el amor propio? ¿Y la confianza?

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Porque de eso se trata: de querernos, de tratarnos bien, de estar equilibrados y de sostener la incertidumbre. Nada más y nada menos.

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